Las buenas perspectivas y una inflación reducida incentivan la asunción de riesgo

17 de septiembre de 2017

La política monetaria recuperó súbitamente su protagonismo en los mercados financieros mundiales. A finales de junio, los participantes del mercado interpretaron las declaraciones del Presidente del BCE y del Gobernador del Banco de Inglaterra como posibles indicios del comienzo de un endurecimiento generalizado de la política monetaria en las principales economías avanzadas, como ya había ocurrido en Estados Unidos. Los rendimientos de la deuda pública a largo plazo avanzaron con fuerza, aunque enseguida se moderaron en vista de la debilidad de los datos de inflación y de las declaraciones de los bancos centrales, cuyo tono fue percibido por los inversores como más prudente. Además, la reducida inflación efectiva llevó a los mercados a esperar también una senda de endurecimiento de la política monetaria estadounidense aún más gradual de lo anticipado a comienzos de junio.

Impulsados por las menores expectativas de endurecimiento de la política monetaria en Estados Unidos y las buenas noticias macroeconómicas, los mercados mundiales se dispararon. Las bolsas estadounidenses alcanzaron nuevos máximos históricos en agosto y la renta variable de las economías de mercado emergentes (EME) siguió fortaleciéndose. Los diferenciales de rendimiento de la deuda corporativa marcaron sus mínimos desde el comienzo de 2008, o se situaron próximos a ellos. Tanto la volatilidad realizada como la volatilidad implícita de todas las principales clases de activos, en especial las de los bonos, se caracterizaron por su debilidad. El índice MOVE -una medida de la volatilidad implícita en el mercado de títulos del Tesoro estadounidense- registró nuevos mínimos históricos. A mediados de agosto la volatilidad repuntó ligeramente ante el aumento de los riesgos políticos en Estados Unidos y la intensificación de las tensiones geopolíticas relacionadas con Corea del Norte. Sin embargo, a principios de septiembre había regresado ya a cotas bajas, pese a que las tensiones políticas no remitieron.

Los cambios en las previsiones sobre la senda de la política monetaria de los distintos países y el aumento de la incertidumbre en torno a la política de Estados Unidos ejercieron una fuerte presión bajista sobre el dólar. Como la evolución macroeconómica fue mejor de lo esperado a escala mundial pero decepcionó en Estados Unidos, el dólar se depreció frente a todas las principales monedas de economías avanzadas y EME. La moneda estadounidense cedió terreno sobre todo frente al euro, dado el fortalecimiento de las perspectivas económicas en la zona del euro y las señales en materia de política monetaria.

Las reducidas tasas de volatilidad, unidas a la depreciación del dólar, propiciaron una fase de apetito por el riesgo, que avivó el interés de los inversores por activos de EME, ante la excelente rentabilidad de las operaciones de carry trade. En los mercados de renta variable, los inversores recurrieron a un volumen récord de acciones compradas a crédito para reforzar sus inversiones, a pesar de que las relaciones precio/beneficio indicaban que las cotizaciones bursátiles podían ser excesivas desde una perspectiva histórica. Además, se observaron ciertos indicios de búsqueda de rentabilidad en los mercados de deuda: los volúmenes emitidos en los mercados de préstamos apalancados y de bonos de alta rentabilidad aumentaron, coincidiendo con una relajación de las cláusulas contractuales.