I. ¿Se está convirtiendo lo impensable en rutina?

28 de junio de 2015

Las tasas de interés se han mantenido extraordinariamente bajas en todo el mundo durante un periodo excepcionalmente largo, tanto en términos nominales como ajustadas por la inflación y en comparación con cualquier parámetro de referencia. Este es el síntoma más palpable de un desarreglo más amplio en la economía mundial: la expansión económica está desequilibrada, las cargas de la deuda y los riesgos financieros aún son demasiado elevados, el crecimiento de la productividad es demasiado lento y el margen de maniobra de la política macroeconómica es demasiado limitado. El riesgo ahora es que lo impensable se convierta en rutina y empiece a percibirse como la nueva norma.

Este desarreglo se ha demostrado cada vez más difícil de comprender. El capítulo argumenta que es reflejo en gran medida de la incapacidad para dar respuesta a los auges y contracciones financieros que dejan heridas profundas y duraderas en la economía. En el largo plazo, podría enquistarse la inestabilidad y la debilidad crónica. Todo esto tiene una dimensión nacional y otra internacional. En el plano nacional, las políticas se han centrado principalmente en estabilizar el crecimiento y la inflación a corto plazo, perdiendo de vista los ciclos de auge y contracción financieros que avanzan con más lentitud, pero son más costosos. Al mismo tiempo, el sistema monetario y financiero internacional ha diseminado las favorables condiciones monetarias y financieras de las principales economías hacia otras, a través de las presiones sobre el tipo de cambio y los flujos de capitales, favoreciendo la acumulación de vulnerabilidades financieras. Se corre el riesgo de que esto sea pan para hoy y hambre para mañana.

Para subsanar estas deficiencias, se precisa un triple reequilibrio de los marcos de política a escala nacional e internacional: pasar de ilusorios ajustes macroeconómicos cortoplacistas a estrategias a medio plazo; de la excesiva atención al crecimiento económico y la inflación a corto plazo a una respuesta más sistemática ante ciclos financieros de avance más lento; y de la estrecha doctrina de mantener cada cual su casa en orden a otra que reconozca los costes de la interacción entre políticas exclusivamente centradas en el propio país. En este reajuste, será fundamental recurrir menos a las políticas de gestión de la demanda y más a las políticas estructurales, con el fin de abandonar el modelo de crecimiento basado en el endeudamiento, que ha actuado como sustituto político y social de reformas orientadas a fomentar la productividad. El beneficio derivado de los menores precios del petróleo brinda una oportunidad que no debe dejarse escapar. La política monetaria, en particular, se ha sobrecargado durante demasiado tiempo y aunque debe ser parte de la respuesta, no puede ser la única respuesta. Lo impensable no debería convertirse en rutina.