Conclusión: afrontar los riesgos presentes y futuros

26 de junio de 2006

De cara al próximo ejercicio, lo ideal sería que se mantuviese el intenso crecimiento no inflacionario. Sin embargo, las incertidumbres y los riesgos asociados son considerables, sobre todo por lo que respecta a las presiones inflacionistas y a una eventual corrección de los desequilibrios económicos y financieros acumulados. De materializarse esta situación, podríamos asistir a un episodio de turbulencia en los mercados financieros o a un largo periodo de crecimiento mundial relativamente más lento, o incluso a ambas cosas. Por fortuna, pueden proponerse políticas que permitirían reducir sustancialmente estos riesgos. Si bien la fase actual de endurecimiento monetario parece perfectamente justificada, la posible interacción entre tipos de interés más altos y desequilibrios financieros exige atenta consideración, tanto más en un contexto de globalización y cambios en los precios relativos que, en todo caso, ha hecho más difícil calibrar el grado de endurecimiento que efectivamente se requiere. La carga que ahora soporta la política monetaria y sus correspondientes riesgos podrían reducirse aplicando simultáneamente una política fiscal contractiva, en particular en países como Estados Unidos con un abultado déficit por cuenta corriente. Dicha conjunción también ayudaría a reducir el riesgo de fluctuaciones cambiarias desordenadas, al igual que lo harían reformas estructurales destinadas a facilitar en varios países ajustes internos entre sus sectores comerciables y no comerciables.

Desde una perspectiva temporal más amplia, se plantean dos cuestiones para la política económica. La primera se refiere a las medidas que deberían adoptarse en caso de materializarse algunos de los riesgos actuales. La respuesta es que vale más prepararse hasta cierto punto, sobre todo considerando que cualquier medida que pudieran tomar las autoridades en tal caso podría presentar tanto ventajas como inconvenientes. Por ejemplo, una nueva reducción de los tipos de interés podría estimular la demanda agregada, o bien fracasar en el intento debido al alto nivel de endeudamiento, pero en todo caso también tendría efectos negativos sobre la oferta con el paso del tiempo. La segunda cuestión que se plantea, de cara a un futuro aún más lejano, interpela sobre la mejor forma de adaptar los marcos de política actuales para reducir la probabilidad de que se repitan en el futuro los desequilibrios a los que nos enfrentamos hoy día. La respuesta es que la estabilidad de precios debería perseguirse con mayor flexibilidad y en un horizonte de proyección más amplio de lo que se estila en la actualidad y que, al gestionar la política monetaria, debería atribuirse más importancia a los indicadores de desequilibrios crecientes.